“La escarapela no es un símbolo patrio como la bandera, el himno o el escudo, sino un distintivo de júbilo que simboliza alegría, nacionalismo y orgullo por nuestra historia”. La definición pertenece a Sofía Lana, técnica en ceremonial, protocolo y organización de eventos, y alcanza para explicar por qué ese pequeño círculo celeste y blanco logra mantenerse vigente generación tras generación.

Cada año vuelve a aparecer sobre guardapolvos, sacos, camperas y uniformes escolares. A veces llega prendida con un alfiler clásico; otras, convertida en moño, bordado, piedra o prendedor artesanal. Cambian las formas, los materiales y los estilos, aunque la costumbre persiste casi intacta. Hay algo en la escarapela que sigue encontrando lugar en la vida cotidiana argentina.

Lana explica que su ubicación tampoco es casual. Se lleva del lado izquierdo, cerca del corazón. En el caso de la vestimenta protocolar, sobre la solapa izquierda del blazer. “Representa pasión, unión e identidad”, señala. La tradición remite a los años de la independencia, cuando las tropas revolucionarias utilizaban los colores celeste y blanco para distinguirse del ejército español.

ÚNICAS. En Bimma, las reinterpretaciones incorporan detalles y texturas.

Aquellas primeras insignias poco tenían que ver con las versiones actuales que hoy circulan en ferias, tiendas de diseño o redes sociales. Eran piezas simples, pensadas para identificar a quienes luchaban por una misma causa. Con el tiempo dejaron el ámbito militar y pasaron a integrarse a las celebraciones patrias, a los actos escolares y a los gestos cotidianos de pertenencia.

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La especialista en protocolo marca una diferencia importante entre la escarapela tradicional y las reinterpretaciones contemporáneas. “La original es redonda, de tela, con centro celeste y exterior blanco. Cuando aparecen mostacillas, brillos o formas diferentes hablamos de prendedores patrios”, aclara. Lejos de rechazar esas nuevas versiones, observa el fenómeno con entusiasmo. “Me encanta que los símbolos se viralicen y que los colores patrios aparezcan en distintos productos. Eso también habla de identidad”, afirma.

Creatividad y oficio

En Tucumán, varias emprendedoras encontraron allí un espacio para explorar creatividad y oficio. Sobre mesas llenas de cintas, dijes y piedras, la escarapela empezó a transformarse en una pieza artesanal capaz de combinar memoria y diseño.

María Fernanda Kollrich todavía recuerda el momento exacto en el que entendió que aquellas creaciones podían ocupar un lugar importante dentro de su emprendimiento. Ocurrió en mayo de 2020, en plena pandemia. “Era el producto que más elegían. Me decían que era algo distinto”, cuenta la dueña de Lola Accesorios. Lo que comenzó como una prueba se convirtió en una línea estable de trabajo que hoy también vende al por mayor.

FUNCIÓN. En La López se resignifica el símbolo como accesorio cotidiano.

Con los años, sus diseños fueron mutando junto con los materiales que aparecieron en el mercado. Primero predominaban las gemas engarzadas. Más tarde llegaron dijes, nuevas cintas y combinaciones que le permitieron ampliar tamaños y estilos.

Kollrich también menciona algo que se repite entre quienes trabajan con accesorios patrios. Los símbolos nacionales empezaron a ocupar espacios impensados hace algunos años. El sol de Mayo aparece estampado en ropa, mates, mochilas o termos. Las estrofas del himno se imprimen en cuadernos y remeras. “Hay otra manera de vincularse con esos símbolos”, resume.

Esa misma percepción tienen Celina Micaela Núñez Carabajal y Lourdes Anyelén Núñez Carabajal, creadoras de Bimma. La idea surgió casi sin planificarla. Las personas comenzaron a preguntarles por las escarapelas que ellas mismas usaban y decidieron probar suerte con modelos propios. “Queríamos reflejar el amor por nuestros colores patrios a través del trabajo artesanal”, cuentan.

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Entre pruebas, combinaciones y correcciones interminables, fueron apareciendo piezas más personales. Algunas mantienen formatos tradicionales; otras incorporan texturas, cadenas o materiales menos habituales. “Muchísima gente quiere llevar los colores argentinos de una manera distinta”, explican.

Las emprendedoras notan además un vínculo más espontáneo con la escarapela. Ya no queda reservada únicamente para las fechas escolares o los actos oficiales. “Existe una necesidad de decir ‘soy de acá’, aunque cada uno lo haga a su manera”, señalan.

Algo parecido observa Emilia López Orce, la mente detrás de La López, incorporó escarapelas a su emprendimiento en 2018, cuando todavía no era tan frecuente encontrarlas convertidas en accesorios de diseño. “La idea era salir un poco de la típica cinta y transformarla en una joyita”, manifiesta.

Con el tiempo empezó a sumar strass, gemas, hasta monedas y nuevas terminaciones. También detectó ciertos cambios culturales alrededor de estos accesorios. “Todavía hay hombres que no se animan a usar algo con brillo, pero eso también está cambiando”, dice.

Entre costuras, cintas y pequeños detalles armados a mano, las escarapelas siguen multiplicándose sobre prendas y solapas. Algunas conservan el formato tradicional; otras exploran nuevas formas. Todas comparten los mismos colores que, más de dos siglos después, continúan ocupando un lugar reconocible en la vida argentina.